Page en espagnol sur l'atelier de contes latinoaméricains, également animé par Ana Rossi, dans le cadre de l'association ASPAS.
Page consacrée aux contes des auteurs de conte latinoaméricains : Julio Cortazar, Horacio Quiroga.
Julio Cortazar, Bibliografia
Marelle (Rayuela). Trad. Laure Guille-Bataillon (partie roman) et Françoise Rosset (partie essai). Paris, Gallimard, 1966, 597 p. (Coll. Du Monde entier); Gallimard, 1980, 590 p. (Coll. L'imaginaire n°51) Marelle a été aussi traduite en : Allemand, Anglais, Hollandais, Italien, Japonais, Lituanien, Polonais, Portugais, Suédois, Tchèque… Marelle est : "Rayuela" Edición Crítica de Julio Ortega - Saúl Yurkievich Coordinadores. 1991. Avec la collaboration de 16 autres grands spécialistes de Cortázar ou lecteurs avisés : Jaime Alazraki, Flor María Rodríguez-Arena, Graciela Montaldo, Ana María Barrenechea, Carlos Fuentes, Haroldo Campos, José Lezama Lima, Osvaldo Soriano, Fernando Alegría… -------------------------------------------------------------------------------- La bande sculptée à Reinhoud, vue par Julio Cortazar (Diálogo de las formas. Esculturas de Reinhoud). Trad. Laure Guille-Bataillon. Paris, Galerie de France, 1968, 25 p. (Extrait de Ultimo Round) (Album d'exposition). Gîtes. Trad. Laure Guille-Bataillon. Paris, Gallimard, 1968, 249 p. (Nouvelles tirées de Bestiario, Final del juego et Las armas secretas). Histoires des Cronopiens et des Fameux. Lithographies de Pierre Alechinsky. Belgique, Daily-Buhl, 1968, vol. 24, s/p Tous les feux le feu (Todos los fuegos el fuego). Trad. Laure Guille-Bataillon. Paris, Gallimard, 1970, 205 p. (Coll. Du Monde entier) (Nouvelles). 62 - Maquette à monter (62 Modelo para armar) Trad. Laure Guille-Bataillon. Paris, Gallimard, 1971, 239 p. (Coll. Du Monde entier) (Roman). Livre de Manuel (Libro de Manuel). Trad. Laure Guille-Bataillon. Paris, Gallimard, 1974, 408 p. (Coll. Du Monde entier); Paris, Club Français du Livre, 1976, 402 p.; Paris, Gallimard, 1987, 416 p. (Coll. Folio n°1812) (Roman). Octaèdre (Octaedro) Trad. Laure Guille-Bataillon. Paris, Gallimard, 1976, 174 p. (Coll. Du Monde entier) (Nouvelles). Le bestiaire d'Aloyus Zötl (Pasco entre las jaulas). Trad. Laure Guille- Bataillon et Jean Tibaudeau (à partir du manuscrit en italien). Paris, Franco Maria Ricci, 1976, 155 p. illus. (nouvelle tirée de Territorios). Silvalande (Silvalandia). Trad. Karine Berriot; peintures de Julio Silva. Paris, Le Dernier Terrain Vague, 1977, s/p. (Récit avec des tableaux de Julio Silva). Façons de perdre (Alguien que anda por ahi). Trad. Laure Guille-Bataillon. Paris, Gallimard, 1978, 185 p. (Coll. Du Monde entier. L'Etrangère) (Nouvelles). Le tour du jour en quatre-vingts mondes (La Vuelta al día en ochenta mundos) Trad. Laure Guille-Bataillon, Karine Berriot, J.C. Lepetit et Céline Lins. Paris, Gallimard, 1980, 320 p. (Coll. Du Monde entier). Nous l'aimons tant, Glenda (Queremos tanto a Glenda). Trad. Laure Guille-Bataillon et Françoise Campo. Paris, Gallimard, 1982, 192 p. (Coll. du Monde entier) (Nouvelles). Entretiens avec Omar Prego (La fascinacion de las palabras) trad. Françoise Rosset. Paris, Gallimard, 1982, 249 et (Coll. Folio Essais). Les Rois (Los Reyes), édition bilingue, traduction de Laure Guille-Bataillon, avec une note liminaire de l'auteur. Les autonautes de la cosmoroute (Voyage intemporel Paris-Marseille) (Los autonautas de la cosmopista o un viaje atemporal Paris- Marsella). Heures indues (Deshoras). Trad. Laure Guille-Bataillon et Françoise Campo. Paris, Gallimard, 1986, 167 p. (Coll. Du Monde entier) (Nouvelles). Prose de l'observatoire (Prosa del observatorio). Trad. Laure Bataillon. Paris, Gallimard, 1988, 128 p. (Récit). Un certain Lucas (Un tal Lucas). Trad. Laure Bataillon. Paris, Gallimard, 1989, 193 p. (Coll. Du Monde entier) (Nouvelles). Fantomas contre les vampires des multinationales (Fantomas contra los vampiros multinacionales). Trad. Ugné Karvelis. Paris, La Différence, 1991, 76 p. (Bande dessinée). Epreuves. Trad. Ugné Karvelis. Paris, La Différence, 1991, 43 p. (Récit). Soupe à la Sainte-Façon (Nada a Pehuajo). Trad. Ugné Karvelis. Paris, La Différence, 1991, 126 p. (Théâtre) Il existe aussi une nouvelle traduction de Françoise Thanas. Bibliographie critique : Julio Cortazar la calor de tu sombra YURKIEVICH Saúl, Buenos Aires, Legasa "Borges/Cortazar : Mondes et modes de la fiction fantastique" YURKIEVICH Saúl, in Littérature latino-américaine: traces et trajets, Paris, Gallimard 1988, Coll. " Folio ", pp.207-219. Julio Cortazar : mundos y modos, YURKIEVICH Saúl, Madrid, ANAYA & Mario Muchnik. Histoire de la littérature Hispano-Américaine de 1940 à nos jours Julio Cortazar, 1914- 1984 (Nathan Université, 1997) Hacia Cortazar: aproximaciones a su obra, ALAZRAKI Jaime, Barcelone Anthropos, 1994. Et du même auteur : En busca del unicornio : los cuentos de Julio Cortazar, Madrid, Editorial Gredos, 1983 Julio Cortazar, I'enchanteur, BERRIOT Karine, Paris, Presses de la Renaissance, 1988. Conversaciones con Cortazar, GONZALEZ - BERMEJO Ernesto, Barcelone Edhasa, 1978. Julio Cortazar : Rayuela, BRODY, Robert, Londres, Grant & Cutler Ltd. in association with Tamesis Books Ltd., 1976. Estudios sabre los cuentos de Julio Cortazar, LAGMANOVICH David, Buenos Aires, ed. Hispam, 1975. Teoría y práctica del cuento en les relatos de Julio Cortázar, MORA VALCARCEL Carmen de, Madrid, Estudios Hispano-americanos, 1982. L'Arbre aux figures, SILVA-CACERES Raúl . Etudes des motifs fantastiques dans l'œuvre de Julio Cortazar, Paris, L'Harmattan/ONU.UNESCO, 1996 Claves de una novelística existencial en Rayuela de Cortázar, GENOVER, Kathleen, Madrid, Playor, S.A., 1973. ¿ Es Julio Cortázar un surrealista ? PICON-GARFIELD, Evelyn, Madrid, Editorial Gredos, 1975. Et de la même auteur : Julio Cortázar, New York 1975 et Cortázar por Cortázar, 1978 Julio Cortázar y et hombre nuevo, SOLA Graciela de, Buenos Aires, Sudamericana,1968. Julio Cortázar: une búsqueda mítica SOSNOWSKI Saúl, Buenos Aires, Noé. Le Fantastique dans les nouvelles de Julio Cortazar TERRAMORSI Bernard,Paris, L'Harmattan, 1994. Lo lúdico y lo fantástico en la obra de Cortázar, Coloquio Internacional, Centre de Recherches Latino-Américaines Université de Poitiers, Espiral Hispano Americana, Editorial Fundamentos, Madrid, 1985, 1998 (segunda edición), Chercheurs et spécialistes de Cortázar, 2 volumes.
source : http://les4cats.free.fr/biograjc.htm J.Cortazar, Continuidad de los parques |
"Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestion de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirian color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subio los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oidos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela."
http://members.tripod.com/jcortazar/cuentos/jc-cortazar02.htm
Julio Cortazar, "Prolegomenos a la astronomia"
I. De la Simetría Interplanetaria
Apenas desembarcado en el planeta Faros, me llevaron los farenses a conocer el ambiente físico, fitogeográfico, zoogeográfico, político-económico y nocturno de su ciudad capital que ellos llaman 956.*
Los farenses son lo que aquí denominaríamos insectos; tienen altísimas patas de araña (suponiendo una araña verde, con pelos rígidos y excrecencias brillantes de donde nace un sonido continuado, semejante al de una flauta y que, musicalmente conducido, constituye su lenguaje); de sus ojos, manera de vestirse, sistemas políticos y procederes eróticos hablaré alguna otra vez. Creo que me querían mucho; les expliqué, mediante gestos universales, mi deseo de aprender su historia y costumbres; fui acogido con innegable simpatía. Estuve tres semanas en 956; me bastó para descubrir que los farenses eran cultos, amaban las puestas de sol y los problemas de ingenio. Me faltaba conocer su religión, para lo cual solicité datos con los pocos vocablos que poseía -pronunciándolos a través de un silbato de hueso que fabriqué diestramente-. Me explicaron que profesaban el monoteísmo, que el sacerdocio no estaba aún del todo desprestigiado y que la ley moral les mandaba ser pasablemente buenos. El problema actual parecía consistir en Illi. Descubrí que Illi era un farense con pretensiones de acendrar la fe en los sistemas vasculares ("corazones" no sería morfológicamente exacto) y que estaba en camino de conseguirlo.
Me llevaron a un banquete que los distinguidos de 956 le ofrecieron a Illi. Encontré al heresiarca en lo alto de la pirámide (mesa, en Faros) comiendo y predicando. Lo escuchaban con atención, parecían adorarlo, mientras Illi hablaba y hablaba.
Yo no conseguía entender sino pocas palabras. A través de ellas me formé una alta idea de Illi. Repentinamente creí estar viviendo un anacronismo, haber retrocedido a las épocas terrestres en que se gestaban las religiones definitivas. Me acordé del Rabbi Jesús. También el Rabbi Jesús hablaba, comía y hablaba, mientras los demás lo escuchaban con atención y parecían adorarlo.
Pensé: "¿Y si éste fuera también Jesús? No es novedad la hipótesis de que bien podría el Hijo de Dios pasearse por los planetas convirtiendo a los universales. ¿Por qué iba a dedicarse con exclusividad a la tierra? Ya no estamos en la era geocéntrica; concedámosle el derecho a cumplir su dura misión en todas partes."
Illi seguía adoctrinando a los comensales. Más y más me pareció que aquel farense podía ser Jesús. "Qué tremenda tarea", pensé. "Y monótona, además. Lo que falta saber es si los seres reaccionan igualmente en todos lados. ¿Lo crucificarían en Marte, en Júpiter, en Plutón...?"
Hombre de la Tierra, sentí nacerme una vergüenza retrospectiva. El Calvario era un estigma coterráneo, pero también una definición. Probablemente habíamos sido los únicos capaces de una villanía semejante ¡Clavar en un madero al hijo de Dios...!
Los farenses, para mi completa confusión, aumentaban las muestras de su cariño; prosternados (no intentaré describir el aspecto que tenían) adoraban al maestro. De pronto, me pareció que Illi levantaba todas las patas a la vez (y las patas de un farense son diecisiete). Se crispó en el aire y cayó de golpe sobre la punta de la pirámide (la mesa). Instantáneamente quedó negro y callado; pregunté, y me dijeron que estaba muerto. Parece que le habían puesto veneno en la comida.
II. Los limpiadores de Estrellas
Bibliografía : Esto nació de pasar frente a una ferreteria y ver una caja de cartón conteniendo algún objeto misterioso con la siguiente leyenda : STAR WASHERS.
Se formó una Sociedad con el nombre de LOS LIMPIADORES DE ESTRELLAS. Era suficiente llamar al teléfono 50-4765 para que de inmediato salieran las brigadas de limpieza, provistas de todos los implementos necesarios y muñidas de órdenes efectivas que se apresuraban a llevar a la práctica; tal era, al menos, el lenguaje que empleaba la propaganda de la Sociedad. En esta forma, bien pronto las estrellas del cielo readquirieron el brillo que el tiempo, los estudios históricos y el humo de los aviones habían empañado. fue posible iniciar una más legítima clasificación de magnitudes, aunque se comprobó con sorpresa y alegría que todas las estrellas, después de sometidas al proceso de limpieza, pertenecían a las tres primeras. lo que se había tomado antes por insignificancia -¿quién se preocupa de una estrella al parecer situada a cientos de años-luz?- resultó ser fuego constreñido, a la espera de recobrar su legítima fosforecencia*. Por cierto, la tarea no era fácil. En los primeros tiempos, sobre todo, el teléfono 50-4765 llamaba continuamente y los directores de la empresa no sabían cómo multiplicar las brigadas y trazarles itinerarios complicados que, partiendo de la Alfa de determinada constelación, llegasen hasta la Kapa en el mismo turno de trabajo, a fin de que un número considerable de estrellas asociadas quedaran simultáneamente limpias. Cuando por la noche una constelación refulgía de manera novedosa, el teléfono era asediado por miríadas estelares incapaces de contener su envidia, dispuestas a todo con tal de equipararse a las ya atendidas por la Sociedad. Fue necesario acudir a subterfugios diversos, tales como recubrir las estrellas ya lavadas con películas diáfanas que sólo al cabo de un tiempo se disolvían revelando su brillo deslumbrador; o bien aprovechar la época de densas nubes, cuando los astros perdían contacto con la Tierra y les resultaba imposible llamar a la Sociedad en demanda de limpieza. El directorio compró toda idea ingeniosa destinada a mejorar el servicios y abolir envidias entre constelaciones y nebulosas. Estas últimas, que sólo podían acogerse a las ventajas de un cepillado enérgico y un baño de vapor que les quitara las concreciones de la materia, rotaban con melancolía, celosas de las estrellas llegadas ya a su forma esbelta. El directorio de la Sociedad las conformó sin embargo con unos prospectos elegantemente impresos donde se especificaba: "El cepillado de las nebulosas permite a éstas ofrecer a los ojos del universo la gracia constante de una línea en perpetua mutación, tal como la anhelan poetas y pintores. Toda cosa ya definida equivale al renunciamiento de las otras múltiples formas en que se complace la voluntad divina". A su vez las estrellas no pudieron evitar la congoja que este prospecto les producía, y fue necesario que la Sociedad ofreciera compensatoriamente un abono secular en el que varias limpiezas resultaban gratuitas. Los estudios astronómicos sufrieron tal crisis que las precarias y provisorias bases de la ciencia precipitaron su estrepitosa bancarrota. Inmensas bibliotecas fueron arrojadas al fuego, y por un tiempo los hombres pudieron dormir en paz sin pensar en la falta de combustible, alarmante ya en aquella época terrestre. Los nombres de Copérnico, Martín Gil, Galileo, Gaviola y James Jeans fueron borrados de panteones y academias; en su lugar se perfilaron con letras capitales e imperecederas los de aquellos que fundaran la Sociedad. La Poesía sufrió también un quebranto perceptible; himnos al sol, ahora en descrédito, fueron burlonamente desterrados de las antologías; poemas donde se mencionaba a Betelgeuse, Casiopea y Alfa del Centauro, cayeron en estruendoso olvido. Una literatura capital, la de la Luna, pasó a la nada como barrida por escobas gigantescas; ¿quién recordó desde entonces a Laforgue, Jules Verne, Hokusai, Lugones y Beethoven? El Hombre de la Luna puso su haz en el suelo y se sentó a llorar sobre el Mar de los Humores, largamente. Por desdicha las consecuencias de tamaña transformación sideral no habían sido previstas en el seno de la Sociedad. (¿O lo habían sido y, arrastrado su directorio por el afán de lucro, fingió ignorar el terrible porvenir que aguardaba al universo?) El plan de trabajo encarado por la empresa se dividía en tres etapas que fueron sucesivamente llevadas a efecto. Ante todo, atender los pedidos espontáneos mediante el teléfono 50-4765. Segundo, enardecer las coqueterías en base a una efectiva propaganda. Tercero, limpiar de buen o mal grado aquellas estrellas indiferentes o modestas. Esto último, acogido por un clamor en el que alternaban las protestas con las voces de aliento, fue realizado en forma implacable por la Sociedad, ansiosa de que ninguna estrella quedara sin los beneficios d la organización. Durante un tiempo determinado se enviaron las brigadas junto con tropas de asalto y máquinas de sitio hacia aquellas zonas hostiles del cielo. Una tras otra, las constelaciones recobraron su brillo; el teléfono de la Sociedad se cubrió de silencio pero las brigadas, movidas por un impulso ciego, proseguían su labor incesante. Hasta que solo quedó una estrella por limpiar. Antes de emitir la orden final, el directorio d la Sociedad subió en pleno a las terrazas del rascacielos -denominación justísima- y contempló su obra con orgullo. Todos los hombres de la Tierra comulgaban en se instante solemne. Ciertamente, jamás se había visto un cielo semejante. Cada estrella era un sol de indescriptible luminosidad. Ya no se hacían preguntas como en los viejos tiempos: "¿Te parece que es anaranjada, rojiza o amarilla?" Ahora los colores se manifestaban en toda su pureza, las estrellas dobles alternaban sus rayos en matices únicos, y tanto la Luna como el Sol aparecían confundidos en la muchedumbre de estrellas, invisibles, derrotados, deshechos por la triunfal tarea de los limpiadores. Y sólo quedaba un astro por limpiar. Era Nausicaa, una estrella que muy pocos sabios conocían, perdida allá en su falsa vigésima magnitud. cuando la brigada cumpliera su labor, el cielo estaría absolutamente limpio. La Sociedad habría triunfado. La Sociedad descendería a los recintos del tiempo, segura de la inmoralidad. La orden fue emitida. Desde sus telescopios, los directores y los pueblos contemplaban con emoción la estrella casi invisible. Un instante, y también ella se agregaría al concierto luminoso de sus compañeras. Y el cielo sería perfecto, para siempre... Un clamoreo horrible, como el de vidrios raspando un ojo, se enderezó de golpe el el aire abriéndose en una especie de tremendo Igdrasil inesperado. El directorio de la Sociedad yacía por el suelo, apretándose los párpados con las manos crispadas, y en todo el mundo rodaban las gentes contra la tierra, abriéndose camino hacia los sótanos, hacia la tiniebla, cegándose entre ellos con uñas y con espadas para no ver, para no ver, para no ver... La tarea había concluido, la estrella estaba limpia. pero su luz, incorporándose a la luz de las restantes estrellas acogidas a los beneficios de la Sociedad, sobrepasaba ya las posibilidades de la sombra. La noche quedó instantáneamente abolida. Todo fue blanco, el espacio blanco, el vacío blanco, los cielos como un lecho que muestra las sábanas, y no hubo más que una blancura total, suma de todas las estrellas limpias... Antes de morir, uno de los directores de la Sociedad alcanzó a separar un poco los dedos y mirar por entre ellos: vio el cielo enteramente blanco y las estrellas, todas las estrellas, formando puntos negros. Estaban las constelaciones y las nebulosas: las constelaciones puntos negros; y las nebulosas, nubes de tormenta. Y después el cielo, enteramente blanco. 1942 *En noviembre de 1942, el doctor Fernando H. Dawson (del Observatorio astronómico de la Universidad de La Plata) anunció clamorosamente haber descubierto una "nova" ubicada a 8 h. 9,5 de ascensión recta y 35º 12´ de declinación austral, "siendo la estrella más brillante en la región entre Sirio, Canopus y el horizonte". (La Prensa, 10 de noviembre, pág. 10.) ¡Angélicas criaturas! La verdad es que se trataba del primer ensayo -naturalmente secreto- de la Sociedad.
De "La otra orilla", 1942. © Alfaguara. Cortázar,Cuentos completos 1
III.Breve Curso de Oceanografía
Observando con atención un mapa de la Luna se notará que sus "mares" y "ríos" distan mucho de tener comunicación entre sí; por el contrario, guardan una reserva completa y perpetúan abstraídamente el recuerdo de antiguas aguas. De ahí que los maestros enseñen a sus boquiabiertos discípulos que en la Luna hubo alguna vez cuencas cerradas, y por cierto ningún sistema de vasos comunicantes.
Todo ello ocurre al no tenerse oficialmente noticia de la cara opuesta del satélite. Sólo a mí, ¡oh dulcísima Selene!, me es conocida tu espalda de azúcar. Allí, en la zona que el imbécil de Endimión hubiera podido sojuzgar para su delicia, los ríos y los mares se conjugaban otrora en una vastísima corriente, en un estuario ahora pavorosamente seco y enjuto, recubierto por las ásperas crines del sol que lo golpean y acucian, es verdad que sin resultado alguno.
No temas, Astarté.
Acontecía la corriente de ancha envergadura, con aguas ya olvidadas de adolescentes juegos. La Luna era doncella y su río le tejía una trenza bajándole por el fino hueco entre los omóplatos, quemándole con fría mano la región donde los riñones tiemblan como potros bajo la espuela. Así por siempre, incesantemente la trenza descendía envuelta en paisajes minerales, asistida de grave complacencia, resumen ya de hidrografías vastísimas.
Si entonces hubiéramos podido verla, si entonces no hubiésemos estado entre el helecho y el pterodáctilo, primeros estadios hacia una condición mejor, qué prodigio de plata y espuma nos hubiera resbalado por los ojos. Cierto que la corriente colectora, la Magna, fluía sobre la faz opuesta a la tierra. Pero, ¿y los mares entre montañas, los estupendos circos entones henchidos de su sustancia flexible? ¿Y la reverberación de las ola, aplaudiendo la propia arquitectura? ¡Agua sorprendente! Después de mil castillos y manteles efímeros, después de regatas y pasteles de boda y grandes demostraciones navales frente a las rocas aferradas a su sinecura, la teoría rumorosa se encaminaba hacia el magno estuario lado, ordenando sus legiones.
Déjame decir esto a los hombres, Selene cadenciosa; aquellas aguas estaban habitadas por una raza celeste, de fusiforme contextura, de hábitos bondadosos y corazón siempre rebosado. ¿Conoces los delfines, lector? Sí, desde la horda del trasatlántico, una platea de cine, las novelas náuticas. Yo te pregunto si los conoces íntimamente, si has podido alguna vez interrogar la esfera melancólica de sus vidas al parecer tan alegres. Yo pregunto si, superando la fácil satisfacción que proporcionan los textos de zoología, has mirado a un delfín exactamente en el centro de los ojos...
Por las aguas de la gran corriente descendían pues los selenitas, seres entornados a toda evidencia excesiva, libres aún de comparación y de nombres, nadadores y lotógrafos. A diferencia de los delfines no saltaban sobre las aguas; sus lomos indolentes ascendían con la pausa de las olas, sus pupilas vidriadas contemplaban en perpetua maravilla la sucesión de volcanes humeantes en la ribera, los glaciares cuya presencia anunciaba de pronto en el frío de las aguas como manos viscosas buscando el vientre por debajo y furtivamente. Y huían entonces de los glaciares en busca de la tibieza que la corriente conservaba en sus profundas napas de crudo azul.
Es esto lo más triste de contar; es esto lo más cruel. Que la corriente colectora olvidase un día la fidelidad a su cauce, que por sobre la fácil curvatura de la Luna creara una húmeda tangente de rebeldía, que se desplazara apoyada en el espeso aire, rumbo al espacio y a la libertad... ¿cómo mirarlo sin sentir en las vértebras un acorde de agria disonancia?. Por sobre el aire se alejaba la corriente, proyectándose una ruta de definido motín, llevando consigo las aguas de la Luna desgarrada de asombro, repentinamente desnuda y sin caricias.
¡Pobres selenitas, pobres tibios y amables selenitas! Sumidos en las aguas nada sabían de su sideral derrota; tan sólo uno, abandonado del cauce de la gran corriente, podía lamentar ya tan incierto destino. Largo tiempo estuvo el selenita viendo alejarse la corriente por el espacio. No se atrevía a separar de ella sus ojos porque empequeñecía por momentos y apenas semejaba una lágrima en lo alto del cielo. Después el tiempo giró sobre su eje y la muerte fue llegando despacio hasta apoyar con dulzura la mano sobre la combada frente del abandonado. Y a partir de ese instante comenzó la Luna a ser tal como la enseñan los tratados.
La envidiosa Tierra -¡oh, Selene, lo diré aunque te opongas por temor a un más severo castigo!- era la culpable. Concentrando innumeras reservas de sus fuerza de atracción en la cumbre del Kilimanjaro, era ella, planeta infecto, quien había arrancado a la Luna su trenza poliforme. Ahora, abierta de par en par la boca en una mueca sedienta, esperaba el arribo de la vasta corriente, ansiosa por adornarse con ella y esconder bajo el líquido cosmético la fealdad que sus habitantes conocemos de sobra.
¿Diré algo más? Triste, triste es asistir al arribo de aquellas aguas que se aplastaron contra el suelo con un chasquido opaco para tenderse después como babas de vómito, sucias de la escoria primitiva, aposentándose en los abismos de donde el aire huía con estampidos horrendos... Oh, Astarte, mejor es callar ya, mejor es acodarse en la borda de los buques cuando la noche es tuya, mirando los delfines que saltan como peonzas y vuelven al mar, reiteradamente saltan y retornan a su cárcel. Y ver, Astarté tristísima, como los delfines saltan por ti buscándote, llamándote; cómo se parecen a los selenitas, raza celeste de fusiforme contextura, de hábitos bondadosos y corazón siempre rebosado. Rebosado ahora de sucia resaca y apenas con la luz que tu imagen, que en pequeñísima perla fosforece para cada uno de ellos en lo más hondo de su noche.
Articulo de Ana Rossi
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